Esta historia que les voy a relatar me la contaron en la
sobremesa de un asado dominguero mi padre y mi abuelo, el nombre de este último
era Massimo Pietrucci, reconocido
jugador de futbol del medio local, su apodo era “El Rayo” por su velocidad a la
hora de escapar por las bandas y la rapidez de sus gambetas y regates. Fue
durante mucho tiempo el 8 titular del equipo de mi pueblo, Villa Fiorentina, un
poblado argentino de inmigrantes italianos. El equipo 5 veces campeón de la
liga regional y con su auge hacía mucho tiempo en el torneo Argentino A, se
llama Nueva Italia y tiene como Sponsor a la metalúrgica que emplea a la
mayoría de la población y la totalidad de los jugadores.
Una vez superada la barrera de los 35 años y ante el peligro
de perder su apodo, mi abuelo se retiró del futbol profesional, estando
inactivo por un periodo de 6 años, en los que sin embargo, asistió a la cancha
religiosamente todos los domingos que jugaban de local y siguiendo los
apasionantes relatos de Alessandro Costacurta, dotado de una voz excepcional y
una pasión inigualable por el deporte futbolístico, los domingos en los que el
equipo viajaba a los alrededores. Durante esos 6 años vio a su hijo (mi padre)
ganarse la titularidad en el equipo como número 9 y por supuesto, goleador del
equipo.
Llegando al final de este periodo de 6 años, el equipo sufrió
una crisis institucional que derivo en la consecuente crisis futbolística y
puso al equipo al borde del descenso nuevamente a la liga local de la ciudad
vecina (militaba en el argentino C). Por lo tanto, debido a su trayectoria y
conocimiento del club decidieron ofrecerle a Massimo el puesto de Director Técnico,
que el acepto sin dudarlo un segundo, ya que era su más profundo y secreto
deseo.
El panorama era devastador: a 3 fechas del final del
campeonato, el equipo se encontraba ultimo a 5 puntos del anteúltimo y a 7 del
antepenúltimo. El objetivo era alcanzar al antepenúltimo, ya que era la única
forma de evitar el descenso, que no se producía desde hace 52 años en el
equipo. Se podrá notar que la obligación histórica era mucha y las
probabilidades escasas, sin embargo la esperanza estaba intacta.
El equipo logro ganar, no sin pocos sufrimientos, dos
partidos: el primero por 1-0 en el que terminaron defendiéndose con uñas y
dientes los ataques rivales, y el segundo un 2-1 con un gol en el último minuto
de mi padre que para ese momento ya era considerado un ídolo local. Gracias a
estos resultados y a la buena suerte de que los otros dos equipos perdieron sus
partidos de manera sorprendente, lograron sobrepasar al anteúltimo y quedar a
un punto de la esperada salvación. Por esas vueltas de la vida, la última fecha
se produciría contra el equipo que debían pasar en la tabla de puntajes. Se trataba
nada menos del partido más importante de los últimos 50 años, mas allá de
aquellos que sirvieron para conseguir títulos o ascensos.
Tenían la ventaja que jugaban de local, en el pequeño
estadio municipal, y contaban con el aliento de su tribuna incondicional. Con
las expectativas en lo más alto y los nervios a tope, el día indicado por el
fixture llego, así como también el equipo visitante a nuestro poblado. Para
sumar una coincidencia más a toda la sucesión ya descripta, hay que hacer notar
que este equipo, Valle Hermoso, es el clásico de nuestro equipo y la rivalidad
existente era y continua siendo muy grande.
Con todos los condimentos que este encuentro aportaba, el
estadio estaba colmadisimo y el aliento para ambos equipos, mayormente para el
equipo local bajaba desde las tribunas de madera del mítico estadio. Aquel
estadio fue el marco de muchísimos partidos destacados, finales, triunfos,
descensos, ascensos, y en esta ocasión era el de este último partido del
campeonato que definiría el destino de los equipos contrincantes.
Al fin luego de las correspondientes propagandas anunciadas
a través de los parlantes con los que contaba el estadio, todo estuvo dispuesto
para el ingreso de los equipos. En el centro de la cancha ya esperaba la terna
arbitral, encargada de aplicar la justicia en el partido. Primero apareció el
equipo visitante, en medio de atronadoras silbatinas y del aliento
prácticamente inaudible proveniente de la pequeña porción de tribunas ocupada
por la hinchada visitante.
El equipo local tardo en salir, la tardanza fue provocada según
recuerdan algunos jugadores por una memorable charla motivadora y técnica de mi
abuelo. Al momento de salir al estadio, los jugadores saltaron del túnel a la
cancha en medio de los cantos de la hinchada y una lluvia de papeles, enmarcando un recibimiento como hacia bastante
no se veía. Luego del correspondiente saludo hacia su hinchada se dirigieron a
las posiciones que propiciarían el inicio del encuentro.
El árbitro después de confirmar que líneas y arqueros se encontraban
dispuestos para el comienzo del partido,
dio el pitazo inicial y la pelota fue puesta en movimiento por el equipo local
que buscaría desesperadamente la permanencia.
Los primeros minutos
del partido transcurrieron con normalidad, hasta que en el minuto 17, luego de
un gran desborde del lateral derecho, el centro perfecto para que cabeceara mi
padre, el defensor central del equipo contrincante le aplico un claro empujón
que derivo en la consecuente sanción por parte del árbitro de la pena máxima,
el penal.
El encargado de patearlo como no podía ser de otra manera
era mi papa, que ante la expectación de todas las almas del estadio, acomodo la
pelota a la distancia de doce pasos del arco que indica el reglamento, tomo una
carrera más bien corta y mirando a los ojos al arquero opuesto espero la señal
del árbitro, que luego de unos segundos que parecieron siglos se hizo escuchar
entre la algarabía. Con pasos cortos primeros y luego más largos la diestra del
“pájaro” golpeo la pelota que salió disparada sin más miramientos nada menos
que al travesaño. Pero la desilusión de la hinchada no duro mucho porque la
pelota se elevó por los aires y cayó en la cabeza de mi padre que no había
perdido las esperanzas y fue a esperar el rebote, con un potente salto se elevó
más alto que el arquero que llegaba tarde debido a que se había tirado al palo
opuesto y por encima de el marco el gol que rompió la igualdad inicial y avivo
las ilusiones de la tribuna, ya que solo un triunfo aseguraba el objetivo.
Hasta el final del primer tiempo, no se produjeron hechos
destacados en un partido muy trabado en el medio campo y sin grandes
posibilidades de gol para ninguno de los dos, y así se fueron al entre tiempo
en el que mi abuelo aprovecho para dar otra gran charla técnica.
Con los ánimos renovados y las piernas descansadas los
jugadores volvieron al campo de juego donde sin más retrasos el encuentro se
reanudo en los últimos 45 minutos de partido. Apenas a los 2 minutos del
comienzo del segundo acto, nuestro volante defensivo cometió una falta brutal
contra el enganche que quiso tirarle un caño y el árbitro no dudo en mostrar la
cartulina roja. El jugador lesionado tuvo que salir y en su reemplazo entro
otro jugador de similares características que se hizo cargo del tiro libre
directo peligrosísimo. Con una soberbia curva trazada por el balón por encima
de la barrera, la pelota se incrusto en el ángulo derecho de un arquero que
pese a un gran salto no pudo llegar a cachetear la pelota. El árbitro señalando
el medio campo sentencio el gol que igualo los tantos.
El encuentro estaba
empatado en uno y con un jugador menos para nuestro equipo el panorama era
desalentador y nuestros jugadores no atinaron a hacer otra cosa que retroceder
en el campo y defenderse muy cerca del arco, que como en las mayoría de los
casos en la que esto sucede, derivo en el gol que daba vuelta las cosas y ponía
como ganador a los visitantes. El gol fue el detonador que provoco la reacción de
nuestros jugadores que salieron a buscar el partido, en los 20 minutos que quedaban para lograr la
hazaña. De la mano de mi padre por segunda vez, luego de una habilitación
magnifica, logramos el gol que volvía a poner las tablas en el marcador. La ilusión
volvió a las tribunas que cantaron y alentaron más fuerte aun si eso era
posible.
A menos de 10 minutos del final, todavía faltaba un gol para
lograr lo que se deseaba. Según los aficionados, esos diez minutos fueron los más
impactantes de sus vidas en un partido. Ahora los que estaban defendiendo a
metros de su arco eran ellos y lograron mantener el resultado hasta los 45
minutos reglamentarios que marcarían el final del partido, pero el árbitro
había adicionado cuatro minutos de recupero, de manera que irían hasta los 49,
gracias a los disturbios en la expulsión de nuestro jugador y los numerosos
cambios producidos.
A los 46 minutos un remate de media distancia nuestro pego
en el palo provocando un UUUHHHH atronador en las tribunas. Luego salió la contra
rapidísima que llego en cuestión de segundos a nuestro arco donde nuestro
arquero tendido en el suelo luego de ser sobrepasado por el delantero no pudo más
que mirar como la pelota se dirigía lentamente a cruzar la línea de gol, pero
cuando la circunferencia estaba por entrar en su totalidad sentenciando el
partido, nuestro defensor dejando el alma en una corrida monumental, paso
arrastrándose por su lado a una velocidad vertiginosa y evitando con su
milagrosa pierna derecha el tanto rival. Era córner para el otro equipo a tan
solo 2 minutos del final, solo dos jugadores se acercaron a intentar cabecear
la pelota debido a que los demás estaban esperando la contra. Inentendiblemente
en vez de jugar corto, tiraron el centro. Providencialmente el balón fue a
parar a las manos del portero que sin perder tiempo le pego una patada
potentísima buscando la ofensiva. Luego de una serie de rebotes en el área de
los adversarios, el balón sale disparado hacia el arco y el arquero en una
impresionante tapada, con las puntas de sus dedos envió la pelota al córner.
A estas alturas del partido, mucha gente estaba en las
tribunas de espalda, rezando, implorando, gritando, y pasando unos nervios que
solo entienden aquellos apasionados por el deporte. Todas las cabezas, todas
estaban en el área esperando el envió que llegaría desde la izquierda. El ultimo
jugador en llegar al área e introducirse fue un jugador con buzo violeta y un
uno dorado estampado en su espalda, ese mismo jugador fue el que se elevó más
alto que los tres defensores que saltaron para rechazar la pelota. Ese mismo
jugador fue el que le dio dirección a la pelota de manera que se coló entre las
manos de un arquero que intentaba por todos los medios desviar su trayectoria.
Ese mismo jugador fue el que vio la pelota inflar la red, ese mismo salió
corriendo hacia la mitad de la cancha perseguido por sus compañeros, festejando
el primer gol de su extensa carrera, unos de los más importantes de la historia
del club, que quedaría en los recuerdos de todas las personas presentes que se
abalanzaron a abrazar, a agradecer, a felicitar a gritos a nadie más y nada
menos que nuestro arquero.
No hay comentarios:
Publicar un comentario